martes, 14 de julio de 2015

Elogio de lo inútil


 

Elogio de lo inútil

 

PEDRO G. CUARTANGO

 

 

SÓCRATES se puso a ensayar con su flauta mientras el verdugo le preparaba la cicuta. Un alumno le preguntó por qué hacía eso en sus últimos momentos y el filósofo le contestó: porque quiero morir sabiendo tocar la flauta.

La anécdota del sabio ateniense refleja el amor al conocimiento que va más allá del utilitarismo imperante en la sociedad occidental, por el que los bienes sólo se miden en función de su valor económico. Ser el dueño de un Ferrari es algo muy preciado pero nadie considera como una posesión saber disfrutar de una sinfonía, leer a los clásicos o contemplar un atardecer porque son cosas que no resultan cuantificables y, por tanto, carecen de valor.

Somos educados en la idea de que nuestra felicidad depende del dinero y de la acumulación de objetos materiales, pero pocos se dan cuenta de que el disfrute de la vida depende mucho más de los conocimientos que no tienen ninguna utilidad ni sentido práctico que de la habilidad para engrosar la cuenta corriente.

Este desprecio a la cultura, considerada como algo inútil, ha llevado al progresivo arrinconamiento de los saberes humanísticos en nuestro sistema escolar, en el que disciplinas como el latín, el arte y la filosofía son expulsadas para promover asignaturas que huyen de la abstracción de estos conocimientos.

Peor todavía, nuestra sociedad rinde culto a la economía y a las finanzas elevadas a la categoría de ciencia cuando lo que hemos visto estos años es cómo esa hipertrofia del mercado y las leyes de la utilidad nos han llevado al desastre.

Las preferentes, los bonos y las acciones pueden convertirnos en pobres de la noche a la mañana, pero la cultura siempre nos hace felices. Puedo decir que yo he gozado intensamente de libros, discos y películas, que me han hecho pasar los mejores ratos de mi vida. Siempre están ahí, a mi disposición, y me ofrecen todo sin pedirme nada.

Pero estas aficiones inútiles e improductivas sirven, además, para enseñarnos a vivir y para que sepamos distinguir entre lo esencial y lo accesorio. La cultura nos ayuda a entendernos y a saber quiénes somos, de suerte que hay más conocimiento encerrado en La Ilíada que en un millar de manuales de economía.

Como escribió un sabio chino cuatro siglos antes de nacer Jesucristo, sólo cuando se conoce la inutilidad puede empezar a hablarse de la utilidad.

 

Tomado de: Diario El Mundo. Madrid, España.

 http://www.elmundo.es/opinion/2014/02/09/52f7f80cca4741c3158b456c.html

 

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