domingo, 5 de octubre de 2014

Chungayo era una fiesta

Chungayo era una fiesta
 
Inicios de los años sesenta. La capilla del caserío no tenía la torre que luce actualmente. La fiesta patronal se celebraba durante dos días de la segunda semana de octubre. El primer día estaba dedicado a la Virgen del Carmen, y el segundo, que era la fecha principal, al Señor Cautivo, patrón de Chungayo.

Desde una semana antes el apacible caserío se iba transformando en un lugar de mucha actividad y bullicio, a medida que iban llegando los mercachifles y los vendedores de dulces y refrescos; quienes iban ocupando los corredores donde pernoctaban junto a sus pertenencias. Luego arribaban “Las Chalacas”, formidables cocineras procedentes del que entonces llamábamos el “pueblo de Santo Domingo”, ahora ya una ciudad. Ellas ocupaban parte de la calle, donde instalaban sus cocinas y el menaje culinario que hacían las delicias de los asistentes, y que seguro ahora darían mucho que hablar en “Mistura”, especialmente doña Julia Erazo.

A su vez, los locales donde se realizarían los bailes ya estaban siendo acondicionados, colocando las poderosas petromax que iluminaban como nunca el caserío, instalando los potentes picás (pick-ups) y aprovisionándose del aguardiente. Por su parte, don Juan Torrico, de la Cruz Azul, alistaba la pólvora y desempolvaba las camaretas, que atronarían en todo el valle de Las Gallegas invitando a la fiesta.

Los churres disfrutábamos como nunca de la libertad para quedarnos hasta tarde, yendo y viniendo de un lugar a otro, escuchando la música que propalan los parlantes de los picás de las chinganas, mirando lo que venden los mercachifles o lo que preparan las cocineras.       

En la víspera se vivía la expectativa de la llegada del señor cura, un corpulento y campechano Gabino Gálvez, que venía desde Santo Domingo, cabalgando en su mula, vestido con su sotana color beis y protegido con su sombrero explorador, acompañado de su fiel sacristán. Asimismo, hacía su llegada la banda de músicos de la capital del distrito que dirigía don Juan Sánchez, y compuesta por un bombo, un tambor, un par de platillos, una trompeta, un clarinete y una tuba. Por supuesto, también se hacía presente la ‘pareja’ —no la presidencial— de guardias, bien uniformados y con sus carabinas cruzadas en la espalda, para prestar las garantías correspondientes.

En la noche se llevaba a cabo el rezo del Santo Rosario en la capilla, la retreta de la banda de músicos, la quema de algunos juegos artificiales, el lanzamiento de globos de papel cometa iluminados que desaparecían en el cielo hasta confundirse con las estrellas; ah, y también el juego de la ‘vaca loca’.    

Día central

Desde muy temprano iban llegando a la fiesta hombres, mujeres y niños. Venían desde distintos caseríos y pueblos aledaños: Pambarumbe, Culebreros, Huacharí, Santiago, San Miguel, San Agustín, Quinchayo, Tiñarumbe, San Francisco, San Jacinto, Tasajeras, Jacanacas, Tuñalí, El Bronce, entre otros lugares. Las muchachas (o “chinas”, como también se les decía) venían por el Camino Grande, luciendo su hermosura y sus vestidos de colores brillantes, engalanadas con zarcillos de oro o de plata y sus mejores sonrisas para atraer a los posibles pretendientes; a su vez, los jóvenes campesinos venían bien togados, con su sombrero flamante y su poncho y alforja  nuevecitos.     

El fervor religioso de la población se ponía plenamente de manifiesto al asistir primero a escuchar la Santa Misa, amenizada por la banda de músicos, para luego acompañar muy contritos la procesión de la sagrada imagen del Señor Cautivo en su recorrido por la Calle Real de Chungayo, precedida por los estandartes portados por las bellas damitas del lugar, cubiertas con sus velos, y durante la cual no cesaban de tronar las avellanas diestramente lanzadas por don Juan Torrico.

Pasado el mediodía, y cumplidos los ritos que manda la Iglesia católica, la muchedumbre se dispersa para disfrutar de las distintas atracciones de la fiesta. Muchos se dirigen a espectar las reñidas peleas de toros llevadas a cabo en la pampa que queda entre la propiedad de las García y la de doña Santos H,  entre los aguerridos ejemplares pertenecientes a los Castillo, de Chungayo, contra los astados de los López, de Simirís, o de los Pedemonte, de Trigopampa. O a ver y apostar en los contrarrestos de los más mentados galleros venidos de Matalacas o de Poclús.

Asimismo, una compacta multitud se congregaba en los distintos puestos de comida, a saborear los sabrosos platos de estofado de res, de horneado de gallina, entre otros potajes preparados por las maestras de la gastronomía altopiurana, como eran “Las Chalacas” (a propósito, ¿alguien sabe por qué se les llamaba así?). No muy lejos se encontraba un grupo de señoras que vendían panes con la riquisísima conserva de achira y los deliciosos mazapanes de maíz, o los vendedores de tortas y pasteles procedentes de Santo Domingo.              

Y ya por los parlantes de los picás de los cuatro o cinco salones de baile suenan los albazos y sanjuanitos convocando a las parejas a bailar. También se ve a grupos de amigos pasándose la botella de primera, el rico aguardiente de caña producido en los trapiches de la zona, y la copa hecha del nudo de carrizo, brindando por el gusto.

En el baile era de rigor también ofrecer a las “chinas” bailadoras una copita de aguardiente mezclada con gaseosa Concordia, que coquetamente brindan con su pareja de baile con un por cierto muy sugestivo “velay con usted”. 

Ya es la oración… cuando termina el día y empieza la noche… la fiesta está en todo su apogeo; por uno de los parlantes se escucha un albazo:
El amor que me juraste, negrita linda,
dónde ha quedado
el amor que me juraste, negrita linda,
dónde ha quedado.
Y de haber querido tanto, negrita linda,
qué hemos sacado
entre penas y delicias, negrita linda,
pasan los años.
Volverá el corazón,
a querer como quiso ayer
volverá la ilusión,
a tu pecho otra vez mujer.
Mas la dicha que te ofrendé
con tan grande y noble pasión
de los dos ya se alejó
y no vuelve jamás, jamás,
de los dos ya se alejó,
y no vuelve jamás, jamás…
 
De pronto, por aquí y por allá se escuchan estentóreas voces varoniles retando a pelear: “¡Ñija, miamo…!”, alguien responde y se arma el alboroto, hay exclamaciones y gritos del mujerío, revuelo de ponchos y sombreros… pero ahí nomás llegan los guardias Aguirre y Cuyate a imponer su autoridad… “que pa’ eso han venío, pue–”, y que la fiesta siga en paz.   
 
Con el paso de las horas las tonadas alegres van dejando paso a las expresiones románticas de los pasillos…; poco a poco va disminuyendo el gentío y solo van quedando algunas parejas; gran parte de los asistentes ya emprenden el retorno a sus hogares, y en el caserío solo quedan algunos hombres ebrios entonando cumananas.
 
Pasados uno o dos días de la fiesta la vida del caserío va volviendo a la normalidad. Los varones retornan a sus faenas cotidianas: preparar los rastrojos y quemar las malezas de los terrenos para el próximo cultivo del maíz, así como acopiar la leña que proporcionan los faiques, para cuando llegue el invierno, entre otras ocupaciones.
 
Por su parte las mujeres atenderán sus obligaciones hogareñas en la cocina, e hilarán los copos de lana para la confección de ponchos, mantas y prendas de vestir femeninas, o de algodón para las alforjas; y así, vendrá el invierno, luego la primavera, el verano y el otoño, con las tareas propias de cada estación, hasta que llegue nuevamente el esperado mes de octubre, como todos los años. (S. C.)
 


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