jueves, 2 de enero de 2014

Para reflexionar

 
 
 
¿Qué estamos haciendo con nuestra vida?
 
SERGIO SINAY
 
 
Comunicación versus conexión. Éxito versus calidad de vida. Deseo versus necesidad. En medio de la maraña tecnológica, según advierten los expertos, ¿nos estamos perdiendo a nosotros mismos?
 
 
Cuando tenemos sed o cuando nos lavamos la cara en la mañana, ¿qué es lo que de veras ne­ce­si­ta­mos? ¿El agua o el grifo? La pre­gun­ta, como muchos interrogantes sencillos, tiene un poderoso efec­­­to cuestionador, y fue formulada por John Thackara, filósofo, pe­rio­dista y uno de los más res­pe­tados y talentosos diseñadores con­tem­po­ráneos. Creador y director de Doors of Per­cep­tion, una red con se­de en Amsterdam que conecta a diseñadores, pen­sa­do­res e in­no­va­do­res de todo el mundo pa­ra reflexionar sobre el futuro, Thac­ka­ra es au­tor de un decálogo en el que pro­po­ne pen­sar en las ne­ce­­si­dades antes que en las innovaciones y en el valor social antes que en la no­ve­dad de la tecnología.
 
La pregunta sobre el agua y la canilla podría extenderse a numerosos rubros de la vida coti­diana. ¿Necesitamos comunicarnos o un celular que tome fotos, emita música y adivine qué número deseamos marcar? ¿Necesitamos ponernos en contacto con otro ser humano o per­der­nos en la mara­ña de un chateo multitudinario? ¿Necesitamos transportarnos o un auto que bata las marcas mun­dia­les de velocidad? ¿Necesitamos la información que nos es útil o toda la que se nos ofrece torren­cial­mente? ¿Necesitamos ver una película que nos alimente estética, emo­cional o intelectual­mente o só­lo bajar de Internet todos los filmes posibles y verlos uno detrás de otro hasta no recordar ni la tra­ma ni las imágenes de la mayoría de ellos? ¿Necesitamos comunicarnos cuando de ello de­pen­de al­go esencial o poseer un artefacto que nos salve del silencio y de la intimidad las vein­ti­cua­tro horas del día, en cualquier momento y en cualquier lugar? ¿Necesitamos escuchar música o ato­si­garnos de ruido sólo porque es fácil acceder a él?
 
Hacia mediados de 1940, el psicoterapeuta ruso-esta­douni­den­se Abraham Maslow, uno de los pilares de la psi­co­lo­gía humanista, desarrolló su célebre pi­rá­mide, que describía las ne­ce­sidades hu­ma­nas. En la cima están las necesi­dades de autorrea­li­za­­ción (cumpli­miento de las potencialidades más pro­fun­das del in­di­viduo, las que dan sentido a su vida). En la base, las fi­sio­lógicas (ali­mento, agua, aire, abrigo, techo). Entre ambas, las de au­toestima, de acep­tación (amor, amistad, afecto, per­te­nencia) y de seguridad (pro­tec­ción).
 
Maslow sostenía que, cubiertas las necesidades de la base, el individuo empieza a em­plear sus energías progresivamente en las otras. A mitad de camino de ese ascenso, en las de acep­tación, está socialmente incorporado. Maslow habla siempre de necesidades, nunca de “de­seos”. Estos sue­len camuflarse como necesidades, distraer la energía, generar conflictos inte­rio­res, insa­tisfac­ción, an­­gus­tia existencial. Confundir deseos con necesidades y satisfacción o pla­cer con felicidad suele ser un paso habitual en nuestra cultura y un motivo de confusión, desorientación y descontento.
 
Aunque ha recibido algunas críticas (se le objeta “arbitrariedad” y se la ha llamado “ob­so­le­ta”, como si las características humanas pudieran serlo), la vi­gencia de la pirámide es fá­cil­mente ob­servable en el mundo contemporáneo. Un caso es el del holandés Jil van Eyle, que además de ase­sorar al director técnico del Barcelona, Frank Rikjaard, es el creador del proyecto Teaming, de­di­ca­do a recoger fondos para diversas ONG del mundo. Hoy, Van Eyle tiene 39 años; hasta los 33 fue un asesor mimado de grandes corporaciones. Entonces nació Mónica, su pri­mera hija, afectada de hidrocefalia. No había esperanzas para ella: se le pronosticaba una pron­ta muerte. Van Eyle no se resignó, luchó por la niña a pesar del escepticismo médico. Mó­ni­ca sobrevivió. Es sorda, ve po­co, pero ha comenzado a caminar, sonríe, se comunica. “Hasta ha­ce diez años, con­fiesa Van Eyle con co­raje, yo era un idiota re­do­mado. Sólo me im­por­ta­ba mi carrera, ganar dinero y tener un coche ca­ro. Sufría si el auto de un ami­go o de un colega era me­jor que el mío. Así como me había pro­me­ti­do ser mi­llo­nario, a par­tir de Mónica me juré que se­ría el mejor padre del mundo. Ella me enseñó a dar­le sentido a mi vida, y una vida con sen­ti­do es una vida útil. Hoy no tengo coche, pero no me sien­to solo, co­mo cuando corría tras los mi­llo­nes. Vivo co­mu­ni­cado con los demás; eso es lo que ne­ce­si­ta­mos los seres humanos.”
 
Por cierto, no es lo mismo la comunicación de la que habla Van Eyle que la simple co­ne­xión. En su lúcido y ya clásico ensayo El amor líquido, en el que explora sin con­ce­sio­nes las re­­laciones humanas en la sociedad contemporánea, el sociólogo polaco Zygmunt Bau­man ad­vier­te que vivimos en un planeta en el que cada vez hay más personas co­nec­ta­das y, para­dóji­ca­men­te, más incomunicadas entre sí. ¿En qué se evidencia la inco­mu­ni­ca­ción? Por ejemplo, en la falta de tiempo de padres para los hijos. Se delega la crianza en la es­cuela, en personal asis­tente (niñeras, profesores privados, entrenadores), en los juegos de com­putación, en la com­pu­ta­dora misma, en la televisión. En septiembre de 2006, una en­cues­ta nacional efectuada por el Mi­nisterio de Educación señalaba que el 30% de los chi­cos de 11 a 17 años en la Argentina veía seis horas diarias de televisión y el resto, no me­nos de tres horas. Cifras inquietantes en un país donde, además, no parece haber ni regu­la­ción ni autorregulación responsable sobre los contenidos.
 
La falta de comunicación se manifiesta también en la falta de tiempo para la in­ti­midad (emo­cio­nal, conversacional, creativa) en las parejas y familias, un fenómeno que resuena en los lamentos que, cada vez más, escuchan los psicoterapeutas, los con­sul­tores psicológicos, los pas­to­res, rabinos y sacerdotes. Algo explicable cuando los prin­cipales suplementos económicos dan cuenta de la nueva modalidad de los eje­cutivos, que consiste en trabajar más horas por semana, hasta incluir los domingos, aun­que en este caso algunos aclaran que concurren a la oficina en bermudas, así como otros calzan su traje de baño y van a la playa provistos de su notebook con conexión ina­lámbrica. El psicoeconomista español Alex Rovira (asesor económico y autor de La brú­jula interior, un libro que vendió más de 400 mil ejemplares) fue consultado acerca de la frase que sostiene estas conductas: “No puedo no hacerlo, es mi trabajo, tengo que ganarme la vida”. Dice Rovira: “¡Qué frase tan perversa! La vida ya la tienes ganada, ahora dale sentido. O el último día te oirás decir: Sí, me gané la vida… ¡pero no la viví!”.
 
La comunicación se esfuma cuando los casi dos millones y medio de cuentas de correo elec­trónico que existen en el país portan un 90 por ciento de spam (mensajes basura) o de mensajes pres­cindibles, o cuando los 20 millones de celulares que circulan por el país son, a menudo, como ad­vierten los estudio­sos del comportamiento social, interruptores u obstáculo de la comunicación per­sonal, ya que siempre tienen prioridad sobre la presencia del interlocutor de carne y hueso. Lo que nació como una herramienta de gran utilidad en emergencias o para contactos necesarios e im­posibles hasta entonces, amenaza ahora con ser el “ruido” que impide la comunicación. Una ver­da­de­ra paradoja.
 
Pero acaso nada sea tan paradójico como la cifra que proporcionó a La Nación en el último mes de octubre el representante de una de las dos empresas que recogen desechos electrónicos a escala nacional. Unas 100 mil toneladas de equipos informáticos y electró­ni­cos se convierten cada año en chatarra en el país. La mayoría de ellos no se rompió ni dejó de funcionar. Sim­ple­mente son obsoletos, pasaron de moda. Sus usuarios los descartan sin haber aprendido a usar todas las funciones del equipo. El motivo es, sencillamente, “ponerse al día”, no quedar “fuera de onda”.
 
Dónde poner el foco
 
Para todas estas cosas se necesita tiempo. Como el dinero, el tiempo es una convención y, como aquél, si se usa en un lugar mer­ma en otro. La conexión sin comunicación, la carrera detrás de lo no­­­­vedoso, el priorizar lo material (bajo la forma de rentabilidad, con­­­sumo de bienes y servicios, lu­jo disfuncional y dispendioso, ex­plo­tación irracional del medio ambiente) requiere un tiempo y una atención que, usualmente, se resta de los vínculos con amigos, con fa­­miliares, con hijos y pare­ja, con actividades enri­que­cedoras en lo emo­cional y espiritual. Y esto conlleva costos de salud psí­qui­ca y vincular.
 
Como suele aconsejar Stephen Covey, el célebre consultor en liderazgo que asesora a empresas, colegios, universidades y gobiernos, además de ser au­tor, entre otros títulos, de Los siete hábitos de la gente altamente efectiva y Pri­mero lo primero, “la urgencia es un calmante temporal que se usa en exce­so”. ¿Qué calma la urgencia? Procura aplacar la angustia provocada por la bre­cha que se abre entre la brújula y el reloj. Aunque son parecidos (cuadrante, cris­tal, agujas), el reloj marca el tiempo mientras que la brújula orienta la dirección.
 
Y hoy estamos inmersos en la cultura del reloj. Hacerlo todo, rápido, llegar a tiempo, ganar tiempo, no tener tiempo. La brújula (¿adónde voy?, ¿para qué?, ¿qué puedo aprender y apreciar en el camino?, ¿cuál es el norte de mi marcha y, por lo tanto, el sentido de mi vida?) suele quedar olvidada en el fondo de una mochila sobrecargada de cosas prescin­dibles.
 
En el Tíbet existe este dicho milenario: “Si quieres conocer el futuro, mira el presente”. Se pue­de traducir en las siguientes preguntas: ¿Están nuestros es­fuerzos en lo que de veras importa y tras­ciende? ¿Estamos comunicados con la voz de nuestro co­ra­zón y con la mirada de nuestros seres queridos? ¿Estamos aten­diendo a nuestras ne­ce­sidades o somos presa de nuestros deseos? ¿Estamos viviendo una vida elegida o só­lo la que se nos induce a vivir? Michael y Justine Toms, un ma­tri­mo­nio de con­sul­tores en comunicación y mercadotecnia, crea­do­res de los Círculos de Trabajo Au­tén­ti­co, gru­pos de reflexión sobre el senti­do, el cómo y el para qué del trabajo en la vida de las per­sonas, y autores de El zen del trabajo, dicen: “Servir a las personas y al planeta es el sello dis­tin­ti­vo del tra­bajo auténtico. Lo que hagamos, cómo lo hagamos, cómo pro­duzcamos, có­mo con­su­ma­mos, có­mo nos relacionemos entre nosotros y con los otros, influirá en nuestra vida, en la de nues­tros hijos y en la de los hijos de nuestros hijos”.
 
En contraste con esta propuesta, hay cifras que llaman a una deliberación urgente y ac­tiva. En octubre de 2006, la New Economic Foundation (NEF), una organización que ha de­sarrollado el concep­to de deuda ecológica para cuantificar la incidencia de la in­dus­tria­li­za­ción y el consumo masivo sobre el planeta, informaba que para esa fecha los seis mil mi­llo­nes de habitantes de la Tierra habían ago­tado el capital ecológico correspondiente a todo el año. En los tres meses que faltaban para completar el período, advertía NEF, se gas­ta­rían más recursos de los que el planeta está en con­di­ciones de re­generar. Es, como el título del do­cumental que el ex vicepresidente de Es­ta­dos Unidos, Al Gore, ha divulgado a lo largo y an­cho del mundo, Una verdad in­có­moda. Pero es una verdad que nos atañe en nuestra vida y hábitos cotidianos. Se pue­de permanecer indiferente ante ella, pero eso no garantiza indemnidad. Al contrario.
 
Muy entretenidos
 
Toneladas de chatarra electrónica usable, frenesí en la pro­duc­ción de au­tos y gasto de combustible, invitación a consumir en ho­ra­rios de descanso (hap­py hours de compras des­pués de me­diano­che) son apenas algunos emer­gen­tes de un estilo de vida que se di­fun­de mientras desaparecen los es­pa­cios de encuentro hu­ma­no, esos en los cuales se dialoga, se confraterniza, se com­parte, se re­la­ta, se es­cucha. Se construyen cada vez más espacios de esos que el an­tro­pó­­logo francés Marc Augé bautizó como no lugares (centros co­­mer­cia­les, me­ga­esta­dios, gigantescos aeropuertos con faraónicos free shopp­ings, etc.), de los que Bauman, en su ensayo La globaliza­ción, dice: “La gente es atraída y en­­trete­ni­da cons­tan­temente, aun­que nun­ca du­rante mucho tiempo, por las in­terminables atracciones. Pero no la alientan a detenerse, mirarse, conversar, pen­­sar, ponderar y de­ba­tir algo distinto, a em­plear el tiempo en actividades des­pro­vistas de va­lor comercial”. De ese mo­do, se ro­bus­te­ce un tipo de vi­da que Bau­man insiste en describir: “No solidarizarse con el otro, si­no evi­tarlo, se­pararse de él: tal es la gran estrategia de su­per­vi­ven­cia en la megalópolis mo­derna”.
 
Sin embargo, algo no funciona. En la última semana de di­ciem­bre, el semanario bri­tá­nico The Economist confirmaba que, aun cuando la economía mundial ha crecido a una ta­sa anual del 3,2% desde 2000 (y los ricos se enriquecieron más, consecuentemente), las en­cuestas sobre el estado de felicidad de las personas no mues­tran índices crecientes. De re­greso a Maslow, pa­rece confirmarse que satisfacer ne­ce­si­dades materiales y fisio­ló­gi­cas na­da significa si no se continúa el ascenso de la pi­rámide. Insatis­fe­chas, las otras ne­ce­si­da­des seguirán siendo preguntas abiertas, co­mo las que salpican este texto. Su falta de res­puesta también puede medirse en cifras. En la Argentina, donde la economía crece a un sos­tenido 9% anual, la Confederación Far­ma­céutica (que representa a 10 mil farmacias de to­do el país) señala que el con­su­mo de an­ti­depresivos aumenta un 12% por año. Una en­cues­ta de Gallup rea­li­zada hace un año y que abarcó a 50 mil per­so­nas en 70 países, in­cluido el nuestro, reveló que cada vez más per­sonas se inclinan ha­cia la religión. Buscan en un ámbito tras­cen­den­te las respuestas emo­cionales y espirituales que necesitan ante “la in­­con­sistencia de los valores sociales y políticos”, como señaló en­ton­ces el filósofo Santiago Kovadloff.
 
Sobre esto mismo, la escritora italiana Susana Tamaro (autora de Donde el corazón te lleve, un libro profundamente reflexivo que ya alcanzó nueve mi­llo­­nes de ejemplares en el mundo) le confió a la periodista argentina Teresa de Eli­­zalde: “La tendencia de convertir al hombre en una máquina sin alma ha crea­do el efecto contrario. Las personas sentimos nostalgia de cosas esen­cia­les, de vida interior, y nos revelamos a la dictadura del ma­te­ria­lis­mo. La vida es al­go más que com­prar o drogarse. Hay una realidad más miste­rio­sa y pro­funda, la rea­­­lidad espiritual. Aparentar y vivir son considerados sinónimos, pero no es así”.
 
Esa realidad espiritual, esas necesidades del alma, el encuentro con los otros, el tiempo para el diálogo y la caricia, para la mirada y el registro, para sentir y transmitir, son el agua. Todo lo demás es gri­fería. Mejor o peor diseñada, más cara o más barata, más osten­to­sa o más minimalista. Sólo grifería. Es útil. Pero lo necesario es el agua.
 
¿Con C o con E?
 
Los especialistas en mercadotecnia hablan ya de una Ge­ne­ra­ción C: la de los con­su­mi­dores. Y ésa parece ser la gran oleada hu­mana de estos tiempos. Per­sonas atentas a las no­ve­da­des del mer­ca­do, in­fatigables compradores que van fielmente detrás de lo no­vedo­so. No es una generación que se de­fine por idea­les polí­ti­cos o fi­lo­sóficos, no se propone cam­biar ni mejorar nada, no tiene in­te­rro­gan­tes de tipo espiritual (o no se identifica a partir de ellos). Su aten­ción y su tiempo libre están de­di­ca­dos a consumir.
 
Así, sin eu­fe­mis­mos. Los di­se­ña­dores y de­par­ta­mentos de marketing los tie­nen en cuen­ta, los estudian, incluso los “in­filtran” para adi­vi­nar sus ape­ten­cias, o para fomentarlas. “Cam­biar por cam­biar, con­su­mir por con­su­mir, no supone nin­gún avance”, dice al respecto el re­co­nocido di­se­ñador ca­ta­lán Juli Capella. “Ninguna in­no­va­ción es automáti­ca­men­­te positiva y, sin embargo, es el pan nuestro de cada día. Miles y miles de nuevos productos, de nuevos modelos, cier­ta­mente no­ve­do­sos, pero no innovadores.”
 
Ca­pe­lla recuerda que permitirse el encuentro con el otro, el ha­llazgo inesperado, la expresión crea­tiva de una necesidad emo­cional, el tiempo para la re­flexión y hasta para la ru­ti­na considerada como ritual requiere también del es­pí­ritu de búsqueda. “Ser re­cep­ti­vo a fe­li­ces acon­tecimientos no buscados –es­cri­be– es también inno­va­dor.” Acaso ésa sea la tarea de una ge­­neración a crear. La Ge­ne­ra­ción E (empática, espiritual, emprendedora de vi­das signifi­ca­­ti­vas).
 
…………..
 
* El autor es escritor, periodista y especialista en vínculos humanos. Su último libro es La masculinidad tóxica.
 
Tomado del diario argentino La Nación (versión digital).
 


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