lunes, 1 de abril de 2013

Relato del Alto Piura

Daniel, el guitarrero*
Por: Javier Segundo Silva Carnero

Con el fin de difundir la cultura andina piurana, presentamos a continuación un bello relato ambientado en el distrito de Santo Domingo, provincia de Morropón, Piura. Dicho relato obtuvo Mención Honrosa (área Leyendas) en el VIII Concurso de Cuentos y Leyendas Regionales de Piura el año 1997. En cuanto al autor, solo se indica que es procedente de Piura.
 
El relincho furioso ha desmayado y le sigue un golpazo aguado en el piso de tierra mojada de la única casa en aquel campo de Chungayo. Se encienden los mecheros de cebo. Se abren dos puertas. Por una salen dos hombres en calzoncillos con machetes desenvainados. Por otra una mujer enorme arrastrando en su pollera a tres niños.
                La luna esférica les descubre el escenario y borra los mecheros. Una mula ceniza yace en el piso respirando con explosiones. Sus ojos parecen reventarse. De su hocico brota una interminable masa verde espumada. Sus patas tiemblan a un costado. Tiene destrozada la panza a fuerza de la espuela que le abrieron hondas grietas desde donde se elevan vaporcitos calientes.
                A unos metros tirado, el jinete convulsiona, se asfixia con su propia baba que es incontenible. En sus ojos rojizos convergen todas las direcciones y sus manos empuñan fuertemente el aire. Balbucea su palidez e inútilmente trata de calmarse viéndose rodeado de su familia. Así permanecería durante tres días hasta que la muerte terminó de invadirlo poro a poro.
 
* * *
 
Daniel monta una mula ceniza bien aperada. Lleva al cinto un revólver que alguien hallara en la Quebrada de la Guerra a fines del siglo pasado; y a la bandolera, una raída guitarra.
                Daniel es un serrano guapo, precursor de los caminos de herradura y de los atajos que comunican a Santo Domingo con los demás pueblos de la sierra morropana. Conoce bien cada paso, cada trocha y cada cueva en el campo. Su trabajo así lo requiere, reparte el correo desde Morropón y respeta los misterios del monte. Por eso en las hoyadas bebe de los higuerones pero no los mira hacia arriba, evita el jaque del chimir, aspira hondo el aroma de los overales y se escupe el pecho esquivando a los chivatos a medianoche.
                Los ceibos de vientres verduscos y prominentes hablan con él en los atardeceres, lo saludan, lo alegran y lo acompañan hasta el próximo pueblo. El trote inquieto de su mula es comparsado por el saludo atento de los caminantes.
                Daniel sabe armar las fiestas igual en San Luis que en Piedra del Toro, en el Faical o Paltashaco, en Pambarumbe, Palo Santo, San Agustín, Santo Domingo o Chungayo. Todo es cuestión de ánimo, unas botellas de primera y ajustar las clavijas de su compañera de cuitas.
                Daniel nunca tuvo hora de llegada —ni día— pero la Juana le dio tres hijos y aún sigue enamorada. Los mece en sus piernas y que tiene que regresar hasta Morropón, y que no dejen de ir a la escuela, y que debe acompañar a buscar el toro fugitivo del compadre, y que va a jugar un gallo que es fijo, y que sus cuñados no hablen cojudeces, y que la próxima semana se hace la landa de su hijo menor, y que él sabe cuidarse muy bien, y que mañana estará de regreso.
                Aquel día la fiesta se improvisó en la casa de los López de Santo Domingo y Daniel fue, una vez más, el guitarrero guapo que arrancó sonrisas y suspiros de las mozas y el llanto de los más ebrios. Las botellas vacías de aguardiente se fueron sumando y acabada la jarana un consejo: “Compadre, mejor se recuesta en la tarima hasta que empiece a aclarar. No se vaya hom… esta hora se salen los aparecidos…”.
 
* * *
 
Daniel sujeta las riendas y golpea con la mano. La mula ceniza empieza a caminar y los absorbe el tiempo. Daniel, contempla las estrellas del cielo que las luciérnagas imitan en el espeso follaje. Avanzan entre ramas de piñanes que le azotan el sombrero y los hombros. Escuchan perfecto el chillido punzante de los grillos, el reptar de algún animal entre las hojas secas y el diálogo de algunas ramas insomnes. El jinete extraña las voces de los ceibos que en los campos de Santo Domingo no crecen. Piensa que a veces hay que hacer caso a los consejos. Pero ¿qué podía pasar, si ya antes, en madrugadas como esta había andado por la Quebrada Honda, por la cuesta de Palo Santo, la Quebrada de la Guerra, y todo sin novedad, también por la Quebrada de La Laja que se viene más adelante.
                En la quebrada el agua era como un manto de plata tendido por la luna. La mujer que Daniel halló estaba proyectada en medio de la misma. Humedece su larga cabellera dorada y la peina. Viste una ligera túnica blanca y su piel es clara. Daniel piensa que claros deben ser también sus senos y en lo tibio que puede ser su vientre.
                “¡Arre Ceniza!” le insinúa a la mula pero ésta no se mueve. Daniel desea acariciar la dureza de aquellos muslos que escapan a la blancura de la túnica. Apuesta que sus cabellos deben oler a margaritas y “¡acerquémonos Ceniza, arre!” pero la mula trastabilla y se resiste. Daniel desea los labios y el cuello de la mujer, embriagarse en su sexo. De pronto ella lo está mirando también y le sonríe y le tiende los brazos, se está acercando sin caminar, flotando, llevada por el viento “¡Daniel, Daniel!”, lo llama y él estalla en un grito “¡me jodí, arre, arre, arre!” y la mula se desboca en la carrera “¡arre, arre!”. En la huída van quebrando ramas de chivatos y las lechuzas levantan su vuelo “¡arre, arre!”.
                La mula resbala, cae y se levanta y el jinete poniéndole el alma a las espuelas y “¡arre, arre!” y patea y clava una y otra vez las espuelas y “¡arre, arre!” Daniel sabe que no debe mirar atrás, aprieta los dientes y le da a las espuelas. En la veloz carrera, siente unos brazos claros rodeándole la cintura y los cabellos dorados chicoteándole los hombros y la voz que le suplica “¡tú no me dejes Daniel!” y él sabe que su casa está cerca “¡arre, arre!” pero es inalcanzable y la voz que se enfurece “¡tú no me dejes Daniel!” y él más espuela y más, hasta que la mula se desmorona y el jinete rueda a unos metros. Siente que unos mecheros se prenden en su casa y salen sus dos cuñados en calzoncillos con machetes desenvainados y la Juana con sus hijos prendidos de la pollera. La mujer de cabellos dorados se enreda en lo alto de un higuerón y desde allí durante tres días lo está llamando…
 
 
* Fuente: Juaninco, el pájaro enamorado. Octavo Concurso de Cuentos y Leyendas. Piura: Centro de Investigación y Promoción del Campesinado, 1997, pp. 46-48. 


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