sábado, 6 de abril de 2013

Pecado capital

 
Somos comida
VICENTE VERDÚ
 
Cada día se hace más inexcusable saber que el apetito trata dife­ren­cialmente con un producto u otro, puesto que los víveres no son sólo para vivir, sino para vivirlos y alternar con ellos. De esta nueva sensibilidad comunicativa ha ido gestándose la gastronomía de cul­to, los co­cineros exquisitos, las mil publicaciones sobre nutrientes y los interminables programas que humean en la televisión.
Comer fue siempre un gusto. Y siendo un gustazo, incurría de plano en el pecado mortal. Hoy, sin embargo, la gula, como la luju­ria o la holganza, ha adquirido su estatuto y una vistosa aceptación social.
Sobre los placeres de la vista y el oído, Occidente fue históricamente benévolo y hasta entusiasta porque, en su extremo, los consideró como deleites del espíritu. La belleza de la figura o de la música propiciaba un enaltecimiento espiritual que llevaba a los estados superiores del alma.
Por el contrario, platonismo y cristianismo recelaron siempre de los sabores y los olo­res, que transmitían sensaciones demasiado groseras. Oriente y su voluptuosidad es el an­verso de un Occidente complaciéndose con las pudorosas distancias de la visión o el oído. Mientras la vista acaricia la cosa, el sabor es el saber. Saber directo y material porque el olor que desprende un cuerpo es el primer sustancioso indicio de su animalidad.
La actual complacencia occidental con el sabor y el olor, ma­nifiesta en la formidable proliferación de restaurantes y per­fu­merías, marca una tras­gre­sión moral y cultural, y es sig­no de cómo el mundo global mezcla sus juegos y trasvasa sus pecados. O también de cómo el hedonismo y no la abnegación, el gasto (el gusto) y no el ahorro (la alcancía de la escucha) es un paradigma de la cultura del consumo y se integra por completo entre sus postulados.
Mientras el olor resulta tan complejo que una persona es capaz de distinguir entre más de 4.000 fragancias, el gusto no parece dar mucho de sí. Lo salado, lo dulce, lo ácido y lo amargo constituyen sus cuatro puntos cardinales. Sin embargo, sólo con la permutación y graduación de estos elementos podría conformarse un modelo de personalidad singular.
Los bebés unen la experiencia de cada sabor a una mímica fa­cial diferente y también a clases distintas de emociones. ¿Podrá des­pués decirse que este individuo tiene un rostro avinagrado como efec­to de frecuentar lo ácido o de rechazarlo; y que el otro sonríe be­néficamente como consecuencia de elegir lo dulce o anhelar su bondad?
Podrá parecer exagerado, pero hay estudios que siguen el curso biográfico de las per­sonas en su interacción fisiológica y emocional con el sabor. Primero aparecen las pre­fe­ren­cias, el amor por el merengue, el delirio por los encurtidos, la pasión por los campari, la amis­tad del salazón; y después brotan las enfermedades impre­vi­si­bles que seleccionan, prohíben o matizan el consumo. Dolencias que, en su interior, promueven atracción y re­cha­zo por la cosa, im­pli­cación, frustración, sustitución, neurosis o dolor. A través de este ca­tá­lo­go va construyéndose el gusto y el disgusto personal. El disfrute sano o el éxito de la perversión.
Comer, en definitiva, ha dejado de ser un acto inocente o ancestral. Fue pronto, en cuanto se emancipó de la muerte, un claro quehacer cultural, pero nunca, como ahora, ha ad­quirido mayor conciencia de sí. Se come para ser más: más atractivo, más lúcido, más fuerte, más longevo. Se come, como siempre, en grupo, pero en buena medida se come a solas y cada vez más. Se come en solitario tanto porque los hogares de una persona aumen­tan im­pa­rablemente como porque cada cual se dispone el menú de acuerdo con sus carac­terísticas, su nature house y su ideal.
De este modo, poco a poco, seremos efectivamente cada cual lo que comemos, y no por­que el organismo actúe por su cuenta para producir un resultado azaroso entre sus la­be­rin­tos, sino porque cualquiera pretenderá que su metabolismo se comporte de acuerdo con un plan.
¿El gusto? Efectivamente, el placer del paladar explica el esplendor de la nueva gastronomía, pero también el gusto se practica fuera del mundo del paladar. Se ejercita en las elecciones abstractas de los bífidos, las omegas, las proteínas, los antioxidantes o las iso­flavonas que sin sabor a nada nos hacen creer cabales y sapientí­si­mos directores de nuestra apariencia y de nuestra interminable sa­lud. (Internet)

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