lunes, 28 de septiembre de 2020

Meseta Andina - paisaje 1

 


Bello paisaje de la Meseta Andina, acompañado por inefables recuerdos musicales.  
Imagen tomada una mañana de junio del 2019
(Foto: ECP)













sábado, 26 de septiembre de 2020

Por el honor y el respeto

 "Es verdad ‒corroboró noches después, el más anciano de la tertulia de su padre‒ los hombres de las alturas de Frías, Chalaco y Santo Domingo ‒y se refería tanto a los señores como a los comuneros y los propios yanaconas‒ eran gente arisca e indomable, que no reconocían otra ley que la impuesta por sus ancestros".

(p. 17)


"Y recordará que quien mejor le mostró los modos de combate fue un muchacho, ya adolescente, que trabajó una temporada en la casa grande. Ha olvidado su nombre, pero recuerda que procedía de Santo Domingo. (...). Y le había contado historias escalofriantes de duelos hasta la última gota de sangre en las que se mutilaban orejas y narices (...) y los ponchos (...) chorreantes de sangre, quedaban hechos trizas, como las mismas carnes de los duelistas, y combatían le contó no por odio, sino por el honor y el respeto".

(pp. 85-86)


                     Extractos tomados de la novela La destrucción del reino, de Miguel Gutiérrez. Lima: Milla Batres.

Recopilados por UCL.

sábado, 19 de septiembre de 2020

El Cerro Grande visto desde Chalaco


 Bella vista del Cerro Grande y del Moleján, tomada desde las alturas de Chalaco, camino a la Meseta Andina, una mañana de junio del 2019. 
(Foto: SCP).

domingo, 9 de agosto de 2020

Cuando los Padres Santos llegaron a Chungayo


Cuando los Padres Santos llegaron a Chungayo

 

 

 

Saúl Castillo Peña

 

 

Un saludo muy especial a mi primo

Lorenzo Castillo

 

 

 

Corría el año 1958, si mal no recuerdo, cuando los Padres Santos llegaron a Chungayo, en calidad de misioneros. Desde unos días antes no se hablaba de otra cosa: “¡Ya vienen los padrecitos…!, ¡ya vienen, ya vienen…!”, decían por aquí y por allá los adultos y los churres. Quien más quien menos alistaba su mejor indumentaria para asistir a los actos religiosos que celebrarían los sacerdotes, y preparaban su espíritu haciendo examen de conciencia de sus pecados capitales y veniales para cuando se confiesen con los padrecitos, prometiéndose no pecar más de palabra ni de obra; no tener malos pensamientos ni decir lisuras.

 

La población se había organizado en diversos comités para recibir a tan magnos visitantes: comité de bienvenida, de limpieza y adorno de la capilla; de hospedaje y alimentación, entre otros.

 

La víspera de la llegada se vivía una febril actividad en medio de los preparativos: las damas solteras, encabezadas por doña Fedima, estaban encargadas de que la capilla quede liempiecita, oliendo a jazmines traídos de la quebrada; las imágenes del Señor Cautivo y de la Virgen del Carmen lucían sus mejores galas; asimismo, la mesa del altar estaba cubierta con el mantel más reluciente, adornado con floreros de plata hechos por artesanos cataquenses.

 

El comité de hospedaje estaba integrado por las matronas de la localidad, comandadas por doña Elena, que desde hacía varias semanas habían dispuesto las habitaciones, las que lucían bien barridas con ramas de verbena para ahuyentar los bichos, con las tarimas de madera y todo lo necesario para la estancia de los reverendos.

 

Por su parte, el rubro de la alimentación fue asignado a un grupo de señoras elegidas por su buena sazón, quienes además se habían asesorado con una monjita coterránea acerca de lo que se les debía preparar a los padrecitos; ella vivía en Piura pero por esos días estaba visitando su terruño. Sor Mechita, como le decían de cariño, les indicó que sobre todo no fueran comidas pesadas. ¡Ave María purísima!

 

A su vez, el comité de bienvenida estaba integrado por las autoridades y los notables del caserío, y lo presidía don Alberto, que era el teniente gobernador. Con el primer canto del gallo partieron los jinetes de la comitiva en sendos corceles rumbo a Simirís, llevando las más mansas acémilas para que monten los misioneros y sus acompañantes.

 

Mientras tanto, los maestros de ambas escuelas organizaban a los niños y las niñas para ir a recibir a los Padres Santos, poco después del mediodía. Quien esto escribe cursaba el primer año de primaria, y junto con los demás compañeros nos dirigimos a la Cruz Azul, donde se había erigido un arco grande, adornado con flores y papel cometa de diversos colores. Lo propio hacían las niñas, quienes ensayaban la canción que entonarían cuando los misioneros pasen bajo el arco:

 

Salve, salve, cantaban, María

Que más pura que tú solo Dios

Y en el cielo una voz repetía

Más que tú solo Dios, solo Dios…

 

 

Los ilustres visitantes arribaron más tarde de lo esperado. Fueron recibidos con aplausos, cánticos y vivas a los santos y las vírgenes, entre otras expresiones de afecto, manifestación del profundo espíritu religioso de la población.

 

Tras su llegada, los misioneros realizaron las coordinaciones para las actividades de los días siguientes, tomaron sus alimentos aderezados de acuerdo a las indicaciones de sor Mechita, rezaron el Santo Rosario en la capilla, y luego se retiraron a sus aposentos, para descansar del trajín del camino.

 

Ambos sacerdotes eran de mediana edad; vestían sotana de color claro. Uno de ellos –me parece que se apellidaba Cruz– era natural de San Miguel, e iba acompañado de su señora madre.

 

Al día siguiente los niños, con nuestra mejor ropa, y las niñas, vestidas de blanco, confesamos a los misioneros nuestros pecadillos, unos más y otros menos, luego hicimos nuestra primera comunión, prometimos portarnos bien para no ir al infierno, y también aprovechamos para hacer la confirmación; bastantes parejas de adultos que ya se habían unido en concubinato formalizaron su situación; muchas otras se dieron el sí, aprovechando además que no tenían que pagar; y también no fueron pocos los que se bautizaron.

 

Fue, pues, una fiesta netamente religiosa, como Dios manda.

 

                                Salve, salve, cantaban, María……… …                                        … … … … … … …

solo Dios, solo Diooooooos.


domingo, 19 de julio de 2020

En mi casa de Chungayo


Mi casa de Chungayo
Saúl Castillo Peña


Ahí, en esa loma está la que fue mi casa, con su techo de tejas de color rojo oscuro; las paredes de adobe, enlucidas con la mezcla de estiércol y arena. La fachada mirando al este, por donde sale el sol; y la puerta de atrás hacia el oeste, por donde el astro rey se retira a descansar, detrás del Moleján.

Ahí está la pampa, y rodeando la casa los frondosos guabos (machetones, de castilla y de zorro), los guayabos, los lúcumos, los chirimoyos, los paltos, los naranjos, los papayos, los cafetales…, y más abajo la tupida huerta donde se encuentran los guineos en sus distintas variedades; las plantas de caña, de piña, de lanche y de guayaba poma…; más allá los sembríos de yuca, de arvejas y frejoles.

He llegado a la casa, y en la pampa me reciben unos insistentes ladridos y enseguida doña Filomena García sale de la casa inquieta por saber por qué ladra tanto el perrito, y al verme lo reprende:

-    ¡Shote, Respeto, deja de ladrarle al señor!

Nos saludamos afectuosamente. Ella y su esposo, Isidoro López, son los nuevos dueños de la casa y de los terrenos aledaños, herencia que nos habían dejado nuestros padres y que se los vendimos a ellos porque el autor de estas líneas y sus hermanos ya no podían cultivarlos.

-    ­­­­Pase, pase, don Saúl. A los años que se deja ver por aquí.
-    Así es, doña Filomena. Viniendo a visitar el terruño.

Nos sentamos en el poyo del corredor y ella me comenta que Isidoro se encuentra barbechando el terreno de El Faique para la próxima siembra de maíz. Asimismo, me cuenta que tienen tres hijos: Elenita, que es la mayor y que si Dios quiere este año termina la secundaria en el San Juan, y dos varoncitos: Hernán, que estudia en el Agropecuario, y Panchito, el menorcito, que está en la escuela todavía.

En el corredor todavía se ven los viejos horcones, donde a veces en uno de estos mi madre colocaba sus tacarpos, sus caiguas y otros implementos para tejer los ponchos, las jergas o las mantas; mientras en el otro mi padre acomodaba la cabuya para torcer las sogas. Es el mismo poyo donde yo de niño me sentaba a ver cómo llovía o donde después del trabajo en los cultivos mi padre y sus amigos conversaban sobre los temas cotidianos mientras disfrutaban sus cigarros Nacional.

Le conté que ya me había jubilado y sobre algunos otros aspectos personales; en eso llegó Panchito, nos saludamos y doña Filomena lo mandó a avisarle a Isidoro que había llegado una visita y que no se olvide de traer el recado para el repe.   

Al poquito rato llegó Isidoro, trayendo una alforja cargada de guineos verdes y otros productos que su esposa le había encargado. 

Nos saludamos con Isidoro y nos sentamos a conversar, mientras doña Filomena se disponía a preparar el almuerzo, al que por cierto ya me había invitado. Después de ponerme al tanto de los últimos acontecimientos sucedidos en el caserío, el nuevo dueño de casa me contó que había hecho algunas remodelaciones en la vivienda y me hace pasar para mostrármelas… y entonces recordé que cuando era “mi casa” el piso era de tierra…; esta es la sala, ahí estaba la mesa grande, donde hacía mis deberes escolares; a la derecha está la puerta del dormitorio, donde estaban las tarimas con sus jergas y sus mantas. Continuamos avanzando y llegamos a la parte más entrañable. A la derecha se encontraba la cocina, y recuerdo que ahí estaban las tulpas, acá se guardan los mates, las cucharas y las tazas; al costado están las ollas, el tiesto, la sartén y las tinajas de agua; suspendido sobre las tulpas se encontraba el ajango, donde se colocaban los quesos frescos para que se humeen. Pero antes de entrar a la cocina están los batanes; y digo batanes porque en uno, el más grande, se molía el maíz para las tortillas, el tostado para el sango o el maíz tierno para los tamales de choclo; el otro era más chico y ahí se molía el café tostado; cada batán tenía su respectiva “mano”. Hacia la izquierda se encontraba el soberado, donde se almacenaba el maíz, las alverjas y las latas de manteca, entre otros víveres que se consumirían después de cierto tiempo.

Cruzamos la puerta trasera y encontramos un corredor donde a la derecha se hallaba el horno en el que se horneaba el sabroso pan casero o los deliciosos mazapanes. A la izquierda, al fondo, está el alto rimero de leña de faique; también están el arado y demás herramientas agrícolas, y más acá los aperos y bozales del fino mulo de paso y las angarillas del piajeno.

Seguimos avanzando, pero ahora ya en la zona sin techo. A la derecha está el enorme guabo machetón que sirve de gallinero, y a la izquierda el chiquero, donde son cebados los “coches” que algunos meses más tarde se convertirán en riquísimos chicharrones y “morenas”, y en carne y manteca sabrosas.


Luego vienen el huerto y el jardín, donde mi señora madre sembraba la albaca, el perejil, el culantro, el romero y otras hierbas necesarias para la sazón de la gastronomía del hogar; y las distintas especies de flores que perfumaban el ambiente y embellecían el paisaje.

Finalmente, algo más abajo, y detrás de unos chopes, se encontraban los servicios higiénicos ecológicos.

De esta manera, y gracias a la amabilidad de Isidoro y de doña Filomena, que me permitieron ingresar a su morada, pude recuperar el tiempo y el espacio donde nací, di mis primeros pasos y crecí, hasta que, “como hoja que el viento arrebata”, el destino me trajo hasta estos lares; vivencias que ahora comparto con los dilectos lectores de este humilde blog.